
Estás muerto, difícil de creer pero así lo es o por lo menos así lo siento. Siempre fuiste un extraño para mi, a pesar de nuestra cercanía, siempre lo fuiste. Sé que no leeras ésto pero por lo menos tengo la fortuna de poder expresarlo, quizás no a tí porque no éstas fisicamente ni tampoco espiritualmente, para algunos sí pero para mí, no. Me enseñaste lo que era la soledad y la amistad, pude ver las dos caras de la moneda y darme cuenta de quienes tenía a mi alrededor, gracias por eso, pero no te doy las gracias por irte de esa manera, esa manera tan dolorosa, tan poco sutil, tan habitual. Cuando escucho tu nombre no puedo evitar acordarme de ti y pensar el por qué de la situación pero sé que esa respuesta no ésta al alcance de mis manos y eso me duele, me gustaría saber para no cometer los mismos errores que tú, sé que equivocarse es un acto humano pero nadie es humano últimamente o por lo menos así lo veo yo. Reflexionar, eso es lo que tú logras en mí, reflexión. Cuando hablo de tí siento que mi estómago se contrae y que mi respiración comienza a agitarse, bueno incluyendo la humectación de mis ojos, más que humectación, inundación. Inundación por tu partida, inundación por los problemas, inundación por ellos e inundación por mí. Por esa simple razón no puedo ir a visitarte, creo que tiendo a huir de lo que me duele, más que huir encerrar en mi ese dolor, como un cofre, encerrarlo hasta que no soporte más mi cuerpo y deba explotar de cierta forma para limpiarse. Será por eso que ya no quiero creer en lo que llaman amor e incluso en lo que llaman amistad, aunque sinceramente esa última la veo mucho más cercana a mi que cuando tú te fuiste, ¿lo recuerdas? espero que sí, espero muchas cosas pero lo que más espero es que me recuerdes como yo siempre te recordaré.
